El Perú llega a las Elecciones Generales 2026 arrastrando una crisis política de casi una década, marcada por la inestabilidad y la sucesión de ocho presidentes. Este escenario no solo refleja disputas de poder, sino una profunda debilidad institucional.
El principal foco de conflicto fue la confrontación constante entre el Ejecutivo y el Legislativo.
El Congreso concentró poder mediante la figura de la vacancia por incapacidad moral permanente, un mecanismo cuestionado por su carácter subjetivo. En los dos últimos 10 años, la bancada dominante fue Fuerza Popular en los últimos cinco años, el poder fue compartido por Perú Libre de Pedro Castillo.
La vacancia fue aplicada en reiteradas ocasiones, generando incertidumbre política y debilitando la continuidad de políticas públicas.
La destitución de varios mandatarios evidencia un sistema que aún no logra equilibrio entre sus poderes.
A ello se suma un proceso electoral fragmentado. En Arequipa, el último sondeo de la encuestradora Viral revela que ningún candidato supera el 9 % de intención de voto, lo que anticipa un escenario sin mayorías claras y con un alto nivel de dispersión política.
El retorno a la bicameralidad añade un nuevo desafío. Un senado que no puede ser disuelto y una cámara de diputados fragmentada podrían limitar la gobernabilidad del próximo presidente.
En este contexto, el voto ciudadano adquiere un peso determinante. Más que elegir una figura, se trata de apostar por estabilidad, institucionalidad y capacidad de diálogo en un país que necesita reconstruir su rumbo democrático.