Opinión

El dial

post-img
DIARIO VIRAL

DIARIO VIRAL
redaccion@diarioviral.pe

Había una hora del día —casi siempre al caer la tarde— en que la casa parecía contener la respiración. La luz entraba en ráfagas suaves por las cortinas, algunos haces se quedaban entre las cañas del techo, tenía la parsimonia de un rito antiguo. Las casas de entonces vivían con un ritmo propio: más pausado, quietud de nobleza, con esa consciencia que de la dignidad de cada minuto. Nada urgía. Todo tenía ese donaire que hoy confundimos con lentitud, pero que era en realidad propiedad del tiempo.

En la sala, con olor a madera envejecida y a petróleo para dar brillo al piso, reposaba el radio sobre una pequeña mesa mesita de centro, regiamente adornada por un tapete hecho a crochet. No era un aparato: era un miembro más de la familia. Su presencia contenía una autoridad silenciosa. No cualquiera podía encenderlo; había que pedir permiso o esperar a que papá o mamá lo hicieran. Ese gesto inauguraba una ceremonia: la casa quedaba en posición de escucha.

Minutos antes de las siete, el ambiente adoptaba una religiosidad doméstica. Yo fingía distraerme, pero la ansiedad me recorría el pecho. Papá miraba el reloj. Todo estaba por ocurrir. Y entonces, el pequeño milagro: la perilla del dial empezaba su danza. Las manos de mi padre, con un pulso que aún hoy recuerdo como una forma de sabiduría, movían la perilla milímetro a milímetro. El aire dibujaba escalas para nuestro coro de susurros y chasquidos, como si estuviéramos navegando en un océano de ondas invisibles.

De pronto emergía la marcha del Himno de las Américas, imponente. Yo me emocionaba: era la misma que cantábamos en mi escuelita 9611 los lunes, después del Himno del Perú, firmes, creyendo que la vida tenía un orden claro. Esa música, al sonar en casa, me atravesaba como un llamado a algo grande. Y luego, la voz: Óscar Artacho iniciando Pregón Deportivo. Una voz que no solo informaba: ingresaba al hogar como entra un oráculo, cargada de autoridad y cercanía. Era una cita sagrada, un instante irrepetible.

Sintonizar la radio era una filosofía práctica: para alcanzar la claridad, primero había que atravesar la interferencia. Ajustar, retroceder, avanzar un milímetro. Heráclito lo habría celebrado: del caos nacía el orden.

Hoy, con la digitalización y la personalización absoluta, hemos ganado comodidad, sí; pero hemos perdido la pedagogía de la espera, ese sublime instante donde el mundo se detiene, la experiencia compartida, esa luz con el amarillo sonoro del foco que atesoraba unos cuantos watts, pero que reunía a la familia. La radio acompaña, pero ya no convoca. Otros tiempos, otras costumbres.

Sin embargo, algo en mí sigue sosteniendo que fuimos más familia cuando todos buscábamos juntos la frecuencia exacta donde el corazón escucha.

DIARIO VIRAL

DIARIO VIRAL

Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

Articulos Relacionados