La vacancia del alcalde Víctor Hugo Rivera era un desenlace anunciado. El Jurado Nacional de Elecciones confirmó una relación contractual acreditada, pero más allá de los expedientes, en Arequipa era vox populi que su permanencia estaba marcada por sombras: la presunta relación sentimental con su asesora espiritual, un tema difícil de probar en tribunales, pero evidente en la percepción ciudadana y muy comentada en los pasillos del palacio municipal. Tal vez el karma le pasó factura, porque la política no se sostiene en secretos sentimentales, ni en discursos religiosos, sino en transparencia y respeto a la institucionalidad.
Tras su salida, Rivera anunció la creación de una ONG para “salvar perritos de la calle”. Noble causa en apariencia, pero en el fondo una estrategia de campaña política que busca limpiar su imagen y reconectar con la ciudadanía desde lo emocional. Lo cuestionable no es la defensa de los animales, sino la ausencia de un mea culpa. No hubo reconocimiento de errores, ni autocrítica por haber confundido gestión pública con intereses personales y partidarios. Prefirió el camino fácil: reinventarse como benefactor, sin asumir responsabilidades.
Lo evidente es que la vacancia no fue por el caso flechita, como él insiste, sino por una acumulación de hechos que minaron su legitimidad. El caso “flechita” fue apenas el expediente visible; la verdadera causa estaba en la pérdida de confianza y en la percepción de que el alcalde gobernaba más desde vínculos personales que desde la institucionalidad.
Rivera intenta ahora capitalizar la sensibilidad ciudadana con una ONG, pero Arequipa merece más que gestos simbólicos. La ciudad necesita autoridades que enfrenten los problemas de transporte, seguridad y gestión urbana con seriedad, no figuras que se refugian en campañas emocionales para sobrevivir políticamente. La vacancia era inevitable, y su reinvención como protector de animales no borra la deuda pendiente con la ciudadanía: rendir cuentas y reconocer que su gestión fracasó.