El humo de la leña comienza a elevarse desde temprano y el olor del anís invade lentamente los pasillos del mercado San Camilo. Entre comerciantes, canastas y hornos calientes, Sofía Coyla acomoda panes recién salidos del fuego con la misma paciencia que aprendió de niña. A sus 45 años, la panadera continúa dedicándose a un oficio que heredó de su abuelo y de su padre; quienes le enseñaron que el pan no solo alimenta, sino también une a las familias arequipeñas.
Sofía recordó que prácticamente creció entre costales de harina y hornos artesanales. Contó que desde pequeña observaba cómo su abuelo encendía el horno antes del amanecer y preparaba la masa utilizando únicamente sus manos y herramientas tradicionales. Después, fue su padre quien continuó enseñándole cada detalle del oficio hasta convertir la panadería en parte de su vida cotidiana.
Mientras mostraba las variedades de pan exhibidas en el mercado, explicó que muchas de las recetas antiguas todavía sobreviven gracias a la preparación artesanal. Recordó que antes utilizaban hornos calentados con leña y carbón porque el calor permanecía concentrado y permitía darle al pan un sabor especial. Sofía Coyla indicó que el aroma que dejaba el horno encendido todavía le recuerda su infancia y las madrugadas junto a su familia.
“Entre los panes más solicitados está el tradicional pan de tres puntas, acompañante inseparable del adobo dominical”, indicó. Sin embargo, también lamentó que productos como el bollo arequipeño hayan perdido protagonismo con el paso de los años. Por ello, varios comerciantes del mercado buscan impulsar nuevamente su consumo.
Sofía señaló que el oficio cambió con el tiempo. “Antes, los panaderos recorrían las calles cargando grandes canastas para vender el producto; ahora muchos pedidos llegan mediante redes sociales” refirió. A pesar de ello, resaltó que dentro del mercado San Camilo todavía existen familias enteras que conservan estas tradiciones.
La panadera confesó que uno de los momentos más especiales sigue siendo abrir el horno y sentir el olor del pan recién hecho. Dijo que cada pieza representa años de sacrificio familiar y esfuerzo silencioso. Mientras acomodaba panes calientes sobre la mesa, Sofía sonrió al recordar a su abuelo. Pese al correr de los tiempos, la mujer espera que la tradición continúe viva en Arequipa.