¿Puede un programa rehabilitar a los adolescentes que cometieron faltas como robos y en pocos meses cambiar sus vidas? La respuesta es sí, lo hace el programa juvenil restaurativo desde hace nueve años al acompañar a adolescentes infractores en delitos leves (robos, lesiones, violencia) para que dejen la vida delictiva.
Pero, el esfuerzo del equipo de profesionales es debilitado porque hace falta más personal.
En Arequipa de cada 100 casos, 97 logran restaurar sus vidas y solo tres continúan siendo atendidos.
Durante casi una década, este modelo busca ir más allá del castigo. Su esencia radica en la orientación, el acompañamiento y la reinserción social.
Detrás de este proceso hay un equipo técnico interdisciplinario —conformado por profesionales en psicología, trabajo social, educación social y promoción— que los guían para que tengan la posibilidad de reconstruir sus caminos.
La fiscal provincial de la Tercera Fiscalía Provincial de Familia de Arequipa, María Oviedo Zevallos, destaca el enfoque del programa: “Son 9 años de trabajo constante, de compromiso y de convicción en la idea de que la justicia no solo sanciona, sino que también repara, transforma y construye oportunidades”.
Según señala, este modelo ha permitido ver más allá de la infracción, entendiendo que detrás de cada adolescente hay una historia y un potencial de cambio”.
LAS FALLAS DEL PROGRAMA. Sin embargo, más allá del discurso esperanzador, surgen cuestionamientos necesarios. El programa cuenta con instituciones aliadas que apoyan mediante talleres, capacitaciones y charlas, pero no todas las municipalidades se involucran activamente. La falta de espacios de apoyo comunitario limita las oportunidades reales de reinserción.
A esto se suma el tiempo de intervención: entre cuatro y nueve meses. Un periodo que, si bien permite una primera orientación, podría resultar insuficiente si no existe un entorno que refuerce el cambio.
Otro punto crítico es la limitada cantidad de profesionales. Actualmente, el equipo es reducido frente a la diversidad y complejidad de los casos. Aunque el compromiso del personal es evidente, la sobrecarga dificulta un acompañamiento verdaderamente personalizado.
Además, se evidencia una de las principales falencias del sistema: la ausencia de seguimiento posterior. Una vez que el caso es archivado y el adolescente cumple con el programa, el acompañamiento se detiene. No existe un monitoreo que permita evaluar si la reinserción se mantiene en el tiempo o si el joven vuelve a contextos de riesgo.
RESULTADOS POSITIVOS. Pese a estas limitaciones, las cifras muestran resultados alentadores. En nueve años de funcionamiento, el nivel de reincidencia es bajo: apenas el 3 % de los adolescentes vuelve a delinquir. No obstante, en muchos de estos casos, el factor común es la falta de apoyo familiar, lo que evidencia que el entorno sigue siendo determinante en el proceso de recuperación.
Así, el programa juvenil restaurativo demuestra ser una alternativa efectiva frente a modelos punitivos tradicionales. Pero también deja claro que su impacto podría ser mucho mayor si se fortalecen sus bases: más profesionales, mayor articulación institucional y, sobre todo, un seguimiento continuo.
Porque si el objetivo es cambiar vidas, no basta con iniciar el proceso. El verdadero desafío es sostenerlo.